La invasión tecnológica y su impacto en la inteligencia de los seres humanos, el condicionamiento de sus vidas a través de medios como Internet y el comienzo, en definitiva, de una nueva era en la que la tecnología y la información son instrumentos sociales, culturales y operativos de primer orden son algunos de los aspectos que aborda para El Cultural el catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid Fernando Sáez Vacas. Premio Nacional de Informática 2006 y autor de libros como Fundamentos de Informática: Lógica, Autómatas, Algoritmos y Lenguajes (Anaya), Meditación de la Infotecnología (Editorial América Ibérica) y Más allá de internet: la Red Universal Digital (Editorial Ramón Areces), el profesor reclama ante esta situación de “impregnación tecnológica” una sociotecnología que nos prepare para este nuevo entorno.

Uno de los últimos debates públicos referidos al impacto de la infotecnología es si Internet le está afectando a nuestros cerebros. El polémico articulista y escritor Nicholas Carr ha avivado el debate publicando un texto que ya en el mismo título se pregunta si Google -el más usado buscador de Internet- no le estará haciendo más estúpido. Nos confiesa en su artículo que “en los últimos años he tenido la incómoda sensación de que alguien, o algo, ha estado jugueteando con mi cerebro, cambiando el esquema de su circuito neural, reprogramando la memoria”, a lo que añade que, después de una década durante la que ha pasado mucho tiempo en línea, buscando y navegando, ahora es incapaz de mantener la concentración en un libro durante más de dos o tres páginas. Contrastando su experiencia con las opiniones de diversos autores y de algún bloguero amigo, llega a la conclusión, que más adelante razona en términos generales del impacto transformador de las tecnologías, de que la Red, no sólo le suministra información que “su mente espera ya como si fuera una corriente de partículas en rápido movimiento, sino que también conforma su proceso de pensamiento”.

Esta última idea no es novedosa, aunque, dada la intensa influencia universal de Internet le proporciona un interés mediático. R. Simone, profesor italiano de Lingöística, publicó en el año 2000 el librito La Tercera Fase, subtitulado en español (2001) Formas de saber que estamos perdiendo, dedicado a analizar históricamente cómo se crean y elaboran nuestros conocimientos, nuestras ideas y nuestras informaciones. Resumiendo sus tesis, éste agrupa los fenómenos intervinientes en el paso entre las tres grandes fases,

Escritura, Imprenta e Infotecnología actual, en tres tipos: a) Técnico -los “instrumentos” materiales nuevos vinculados con el conocimiento, es decir, la tecnología como herramienta para el conocimiento y, por tanto, para la inteligencia y la cultura-; b) Mental -de la oralidad a la escritura, de la lectura a la visión no alfabética y a la escucha-; y c) Modos de Trabajo de nuestra mente con las informaciones -cómo las recibe y las elabora, cómo transforma la capacidad y el peso de nuestros sentidos en la formación del conocimiento y activa nuevos módulos o funciones de la mente-. Hemos pasado a finales del siglo XX de un estado en el que el conocimiento evolucionado se adquiría sobre todo a través del libro y la escritura (ojo y visión alfabética, inteligencia secuencial) a otro estado en el que también se adquiere a través de la escucha (oído) o la visión no alfabética (inteligencia simultánea).

Lo que es evidente e inevitable es que se está produciendo un proceso acelerado de impregnación tecnológica de nuestras vidas, en la que la grande y creciente complejidad de la tecnología y la todavía mayor complejidad de las relaciones humanas con ella requieren respuestas muy pensadas de índole tecnocultural, que no se están dando.

Aún peor, para las que ni siquiera existe un mínimo de sensibilidad y de demanda social. Afirmo que, salvo excepciones, no estamos preparados para usar con criterio ni eficacia la descomunal funcionalidad de la tecnología que pasa por nuestras manos, ni para comprender el Nuevo Entorno Tecnosocial y mucho menos para gestionarlo convenientemente y extraer lo mejor de sus extraordinarias oportunidades informativas, de comunicación, artísticas, científicas, de entretenimiento, sanitarias y operativas de múltiples clases, también educativas (incluyendo a los videojuegos, que J. Rosnay, en su libro de 1995,

El hombre simbiótico, veía ya como una nueva vía de acceso al conocimiento y a las habilidades cognitivas), pero sin renunciar a lo que merezca conservarse. Necesitamos investigar y desarrollar una sociotecnología para todo ese conjunto.

juandon